11 octubre 2012

Aquellas cartas...

Triste y alegre a un tiempo. Serena y extrañada de comprobar que Paco Palacio guardaba todas mis cartas… Aunque no están por orden, las ubico según las leo, en ellas están reflejados todos los acontecimientos importantes de mi vida, contados desde la alegría y la sorpresa, también desde la reflexión personal. ¡Que cartas tan bonitas! Con sobres reutilizados, alegremente decorados… mi letra, mi pluma, las siento y no las siento mías –me ha pasado con otros escritos antiguos, es como no reconocer la autoría pero sentir la cercanía- ahora vuelven a mi, cartas de antes y de después de las niñas, cartas que cuentan mi parto, el robo en Saja, postales desde Barcenamayor, desde Holanda, desde Isla Negra hablando del ejemplar de “Una casa en la arena” conseguido, cartas escritas entre América y Azores con un maretón más que considerable… sellos de otros países y tasas del franqueo nacional que fueron subiendo de año en año… cartas escritas con las manos sucias mientras construíamos nuestra cabaña (recuerdo, el día que ripiábamos el talleruco, y vino a vernos, se subió al tejado para poner un clavo, para que nunca pudiésemos decir que no había colaborado en la obra…), cartas escritas con sosiego en mis estancias mallorquinas, recortes del buque Menorca y otros barcos en los que navegué y propagandas impresas de mis variados programas de animación lectora y cuentacuentos por Mallorca. Postales de Chiloé, de Mauritania, cartas desde el Machu Pichu… junto a recortes de prensa o revistas de Cantabria que se hicieron eco de alguna de mis actividades y él las iba archivando, hasta alguna poesía suya de respuesta no enviada, algún dibujo, sobres con mi dirección para cartas que no recibí…casi todo son cartas personales, también hay fotocopias con cuentos cortos y copias de informes que en su día envié a personalidades del mundo educativo oficial…

Nunca pensé que habían sido tantas, ha sido ahora, al recibirlas juntas y releer tanto material, que he sopesado la suerte de haber sido amigos desde el 71, y el balance son cuarenta años, cuarenta cartas, cuarenta libros… ¡que menos! Así que, a mí, que releo poco –hasta ahora- me ha servido para dar un repaso a mis viajes, a mis experiencias y a mis reflexiones sobre el maravilloso oficio de ser educador, un recordatorio de las infinitas actividades escolares realizadas a lo largo de tantos años...

Gracias Paco, por haberme leído, por haber guardado este material tantos años, por haber compartido mis cartas con tus amigos, leídas con una voz, la tuya inconfundible, pausada y un poco ronca, sentida, gracias por haberme hecho un sitio preferente no solo en tu archivo, también en tu corazón, tú que tuviste tantísimos amigos…

Hoy Gabriela, ha venido a nuestra cabaña de Saja, y me ha devuelto libros dedicados, diarios de trabajo, memorias de mis trabajos que un día Paco fotocopió y encuadernó como si fueran propios… ¡que ilusión haber servido de material para pedir una subvención! –que una vez más, nadie le dio, por cierto…- yo ya sabía que fui su amor pedagógico, un referente que quizá perduró porque nuestros caminos se habían separado y la distancia y los acercamientos puntuales ayudaron a mantener esos ideales sin desgastarlos.
También me gusta constatar la evolución, hay un cambio de estilo, desde las fotocopias en blanco y negro, al libro del Jubileo en Liébana, primero de la colección “de niños para niños” con enmaquetación comercial… como ejemplo del paso del tiempo en nuestros proyectos compartidos, cada vez presentados mejor acabados...

Y está ¡como no! mi última carta, aquella que todavía llegó a tiempo de hacerle reír en la última Navidad…. donde relataba como mi teléfono móvíl se ahogó con el pis de mi suegra que llevaba en el botecito al centro de salud cuando perdí la alforja de la bici al pasar las vías del tren.... y continué pedaleando para llegar a tiempo....

Dice Gabriela que un día, escaneará páginas de sus diarios personales donde habla de nosotros, de esas cartas que tanto le alegraba recibir o de las conversaciones en la chimenea de Luriezo en nuestras visitas anuales. Aunque no lo hiciera, hoy siento lo importantes que fueron aquellas cartas y me siento orgullosa. Las guardaré en una carpeta.



Y ha sido casual que, justo después de escribir estas líneas haya leído “Hierba mora” de Teresa Moure, Ramona, mi librera me lo recomendó cuando se publicó en el 2005 y lo compré pero solo lo había mirado por encima, ha sido Anaïs la que rebuscando en mi biblioteca, este verano me dijo lo mucho que le había gustado... y la verdad es que es una joya. El hilo argumental es la relación de la reina Cristina de Suecia con Descartes, pero es mucho más que una biografía, más que un libro de filosofía (mucho más... y por más de dos motivos he recordado a Inés mientras lo leía), más que un tratado de plantas medicinales, es una novela que con un vocabulario riquísimo habla de las emociones y valora el amor, la libertad y la sabiduría por encima de todos los tesoros. Y dice de la correspondencia escrita, que es una de las muchas formas de enamorar, de encender la llama cuando uno intercambia escritos con otra persona, dice que los que tenemos afición a la escritura, “cuando leemos y escribimos ponemos el alma, para que el otro pueda desnudar, adaptar y desear…” y también dice, -copio textualmente- “que la correspondencia es una cosa peligrosa, bien lo saben los que se niegan a responder cartas, misivas, postales navideñas o correos electrónicos, para defenderse de ese caer rendido ante tanta hermosura como se le prodiga en el envio, que escribir cartas es agasajar con palabras y las palabras si están bien escogidas y el alma en su justa sazón, pueden curar mejor que las hierbas mágicas, que parece que las palabras prolongan el placer como los afrodisíacos y atenúan el dolor como los analgésicos, que por algo afrodisíaco y analgésico también son palabras… (pág 384)

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