07 agosto 2014

Rafa Santillán, él era mi amigo...

Y ahora que se acaba de morir  se me agolpan los recuerdos de tantos años de amistad, no vendrá a Saja estos días a buscar setas con su navajita y la visera que se doblaba para meter en el bolsillo, no me preguntará más ¿ésta, es buena?
Le conocí en el 70-71 cuando él estaba en la Escuela de Caminos, cuando vivía –como tantos otros de la pandilla- en un piso en la colonia de los Pinares, yo tenía muchas horas de mis prácticas aquel curso  para elaborar la tesina de fin de carrera,  así que  iba a su casa a estudiar…  aparcaba mi 4L rojo debajo de su balcón, si no había nadie la llave se encontraba en la trampilla de la escalera junto al grifo de paso del agua y entraba,  olía a casa de estudiante, a tabaco, pero había música…. y un perro Trosky, el primero al que acaricié en mi vida… igual que aprendí a poner gotas gracias a su ojo con conjuntivitis…
¿Cómo nunca le pregunté de donde salió el disco de “Canciones del amor prohibido” que tanto escuché y me sabía de memoria? nunca después he encontrado información en internet. Ahora solo me queda Chus Ausucua para seguirle la pista.
No sé por qué faltaba tanto a clase, quizá porque ya tenía decidido pasarse a Sociología, así que leía –más bien estudiaba, subrayando etc-  entre otros, “El Laberinto español “de Ruedo Ibérico forrado con papel de periódico y prohibido –como tantas cosas- en aquel tiempo…, fue su libro de cabecera de aquel periodo….  A veces, me interrumpía para leerme en voz alta algún párrafo. Que orgullosa estuve cuando pude explicarle lo  que significaba  “la suerte” de los montes comunales de la provincia de Soria.
Íbamos al cine club el sábado por la noche: Truffaut, Losey, Bergman, Antonioni o Eisenstein llenaban las tertulias posteriores a las proyecciones y disparaban nuestra aficción al buen cine.
Los domingos íbamos de excursión al monte (en el tren de Liérganes, o en el de Parbayón) o al otro lado de la bahía, en las pedreñeras, los impresionantes días de sur. Él siempre con su máquina de fotos. Disparaba y apuntaba losdatos  en una libretuca para después estudiar y corregir…
A menudo hacíamos reuniones en su casa o en la de otros compañeros –cacahuetes para picar, no recuerdo si también vino, quiero suponer que si- siempre procurando ser menos de 21 por si acaso, leíamos los sermones de Paco Pérez en Santa Lucía u otras situaciones conflictivas de gente conocida del movimiento obrero. Decidíamos hacer copias con las máquinas de escribir (los que teníamos) original y dos copias a papel carbón, para poder dar difusión… cada uno lo que podía…

Aquel  verano el  camping elegido por mis compis de curso para pasar la semana de rigor fue Suances. Y nos vimos, claro, para Rafa un verano sin ir a Suances era privarle de algo importante.
En la calle del Sol, alquilamos un piso para Seminarios, montamos una biblioteca donde en principio íbamos a retirar al final cada uno nuestros libros, allí perdí mi primer “Cien años de soledad” cada día había debates, lecturas en voz alta etc yo lo tenía facilísimo desde mi trabajo veraniego en la lavandería de mi familia, allí ubicada. Más los cursos de la UIMP en los que nos matriculábamos gratuitamente por ser santanderinos, a veces no entendíamos nada (aquel curso de filosofía pura….) pero a veces aprendíamos. De lo que nunca nos cansábamos era de querer aprender…

Nunca fuimos novios,  solo amigos, él tuvo sus preferencias de pareja (Pili la Niña hoy pintora de renombre, las hermanas Hornazábal, muchas hasta encontrar a Ana  Infante, el amor de su vida y quien más y mejor le ha sabido querer…  yo las mías, un tiempo se quedó en su Torrelavega, antes de trasladarse a Madrid para hacer Sociología, nos seguimos viendo cada vez que venía a Santander. Me iba a buscar al Tagore, paseábamos por la playa que él echaba de menos o nos refugiábamos en el Rhin si el tiempo era endemoniado, a ver las olas, comíamos en el Sardi en el Niza o en casa de mis padres –a ellos no les disgustaba- le encantaban las alubias blancas de mi madre (a mi también, ojala las tuviera ahora…)
Siempre nos seguimos la pista, todos los años nos veíamos, compartimos el invernal de Hipólito antes de nuestra cabaña, su seter precioso, las charlas con su padre en Almacenes Santillán, donde nos aprovisionamos de vasitos y otros útiles ya calificados demodé, para toda la vida…. (creo que fuimos los únicos amigos de Rafa que  le gustaban de cuantos conoció, con nosotros era amable, conversador y dicharachero, hasta regaló barriguitas a nuestras hijas chiquitinas…)
Rafa las vió crecer, tengo fotos que les hizo con dos años cuando las conoció, aquella tanda de los petos vaqueros y los patitos y muchas de diferentes etapas, la última en un cuadrito aquí en la Cabaña, la trajo hace dos veranos, la última vez que vino aquí… el día que yo tamizaba arena al tiempo que le insistía en que preparase una exposición de Fotos de Ventanas…. Que risa cenamos los cantarelus con espaquetis y por la mañana, mientras preparábamos de desa de lacas (frutas con canela, tostadas con aceite y tomate, café, chocolate negro y avellanas …  él preguntó, pero ¿no me podría comer los espaguetis que sobraron anoche?

Tuve confianza para reñirle hasta enfadarme cuando no acababa la carrera por una o dos asignaturas, para tirar, romper, quemar o despreciar un título primero hay que tenerlo… siempre me escuchaba. Y es que él además de buen conversador era escuchador y a menudo recordaba  cosas que alguien le había dicho en circunstancias lejanas.
Él era mi amigo. Torrelavega para mí no será lo mismo sin él. Y Suances menos.


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